Revenge (2017)

A lo largo de las décadas de los sesenta y los setenta, el mercado internacional estaba cambiando, todo debido a corrientes cinematográficas europeas como la Nouvelle Vague; y también a la aparición de nuevos equipos de filmación que permitían hacer películas de una forma más barata.

Las denominadas como serie B o serie Z siempre han estado ahí, películas de muy bajo presupuesto y con tramas disparatadas que la gran mayoría del público ha clasificado como “malas” películas, aunque para mí solo es una forma distinta de plasmar las ideas de una serie de personas.

Volviendo a los 60 y 70, la ya denominada serie B o Z, tiene una época de esplendor, con la aparición del cine de explotación o exploitation. Básicamente es una categoría cinematográfica en la que se agrupan las películas cuya temática aborda temas o detalles de interés lascivo, propios de la ficción de explotación, género de la ficción que basa su atractivo en los temas moralmente inaceptables y socialmente escandalosos como el comportamiento sexual humano, el erotismo, la violencia, el crimen o el consumo de drogas. Aunque no voy a engañar a nadie, hay que reconocer que tenían una estética muy particular, hasta podría decirse de baja calidad, pero eso ya depende de como lo vea cada uno; y también decir, que el principal objetivo de estas era obtener beneficios ya que su presupuesto era mínimo.

Dentro del exploitation, hay varios subgéneros que se han mantenido vigentes y hasta han dejado de formar parte de este tipo de cine, para pasar a “niveles más altos”. Algunos de aquellos que aún están presentes en nuestros días ya que diferentes realizadores les han dado su propia versión son: blaxploitation, giallo, el spaghetti western o el que nos va a ocupar más adelante, el rape & revenge. Hay directores como Quentin Tarantino que han mantenido vigente estos dotando a sus películas de las características propias de ellos, por ejemplo Django Unchained (Quentin Tarantino, 2012) no deja de ser una película blaxploitation dentro del spaghetti western, o Kill Bill: Vol. 1 (Quentin Tarantino, 2003) es una mezcla entre el cine de samuráis y rape & revenge, mientras que Kill Bill: Vol. 2 (Quentin Tarantino, 2004) es un spaghetti western mezclado con rape & revenge; este es un ejemplo del que juega con sus características.

Sin embargo, otro realizador hizo su particular versión del rape & revenge, hablo de Paul Verhoeven y de Elle (Paul Verhoeven, 2016), donde el realizador hace lo contrario dentro del género y juega con un ritmo más pausado, haciendo pensar al espectador.

Ahora, tras esta introducción, doy paso a hablar de Revenge (Coralie Fargeat, 2017). Tres hombres casados ricos se reúnen para su juego de caza anual en el desierto. Pero esta vez, uno de ellos viene acompañado de su amante, Jen, una mujer joven y muy atractiva que despierta rápidamente el interés de los otros dos. Las cosas se complican dramáticamente para ella... Dada por muerta en medio del infierno del desierto, la joven vuelve a la vida y el juego de caza se convierte en una venganza implacable.

Con una premisa bastante básica, típica de este tipo de género, la realizadora no recurre a ningún elemento discursivo, sabe de lo que nos está hablando. Mientras que otras películas de género, en los últimos años han introducido una mirada autorreflexiva sobre la morbosa fetichización del cuerpo femenino, como Antichrist (Lars Von Trier, 2009). La realizadora Coralie Fargeat, prefiere que sea la propia forma la que hable y se abstiene de imponer sobre las dinámicas más funcionales del género ningún tipo de distancia intelectual: en su película, de argumento reducido, la que en otra película sería una hipersexualizada mujer objeto (Jen), ya que aquí no la objetifica, interpretada por Matilda Anna Ingrid Lutz, se transforma en un simbólico cuerpo resurrecto y letal casi elevado a una condición superheroica con la ayuda de una ingesta de peyote.

La principal estrategia del largometraje es releer las claves de los violentos y distintos subgéneros que se agrupan en ella (rape & revenge, gore) y explotarlos hasta que sangren, hasta hacer transparentar la crueldad que en ellos habita. Todo de golpe, y de la manera más sangrienta imaginable.

Jugando con el uso del paisaje, reduciéndolo a lo mínimo, el propio desierto donde se narra toda la película; y con tan solo cuatro personajes, 3 de ellos los agresores, para no complicarse con complejas interacciones, la directora establece ahí el conflicto real, de como todos ellos (los tres hombres) pretenden no envejecer portándose como niños o saliendo con chicas a las que doblan la edad.

Con respecto a los cambios que establece en los tópicos, el más importante, es el de no objetificar el cuerpo de la mujer, lo que lleva directamente a que la secuencia de la violación, pese a su dureza, transcurre casi en off. Esta declaración de intenciones por parte de la directora lleva a que, a la inversa de lo habitual, la película se centra más en la parte de revenge que en la de rape. Ella muere y vuelve a la acción de forma casi mágica, etérea, como un ave fénix; en cambio, son ellos, los agresores, quienes exhiben cuerpos mutilados, cadáveres profanados y desnudos integrales, humillantes y con aire exploit.

Pero por encima de todo lo genérico, la estética de la película es la que hace de esta, algo especial, algo reivindicativo, pues está muy cuidada. Desde el uso de una paleta de colores totalmente estridentes hasta un montaje y tratamiento del sonido extremos, que hacen sentir al espectador el sufrimiento de la protagonista. La única exigencia que le hace al espectador es la de traerse la suspensión de credibilidad en el nivel máximo de tolerancia.

El film, se ve entonces como un divertido refrito de tópicos, altamente estetizado y con no poco sentido del humor, que revaloriza los conceptos propios de la serie Z, los ata y los hace digeribles para espectadores modernos y ansiosos de emociones fuertes.